Segunda Mención

¡Qué rollo!

Javier Zeballos

EXTERIOR-NOCHE   CALLE CHUCARRO 

Cuatro socios de Cinemateca Uruguaya llegan, cada uno por su lado, y se encuentran a las apuradas en la puerta de Sala Pocitos. Faltan escasos minutos para el inicio de la función de la hora veintidós. Entran a las corridas y son los últimos en ingresar a sala. CORTE A…

Empiezo así porque el recuerdo de aquella experiencia cinematográfica a inicios de los años 90´ me vuelve siempre en forma de guión. Aquel viernes habíamos quedado en ir a ver una película francesa y era raro que llegáramos al cine sin haber leído el programa mensual que solíamos tener hecho un rollo en el bolsillo.

El cuarteto estaba integrado por una amiga, su novio de aquel entonces, su hermana y yo. Todos en el entorno de los treinta y habituados a eso que llamábamos “cine francés” aunque jamás nos pusimos de acuerdo sobre qué significaba tal etiqueta. La película en cuestión era Delicatessen, dirigida por una dupla de franchutes desconocidos para nosotros. Habíamos aceptado el consejo de mi amiga que, tras verla en Buenos Aires, aseguraba que era muy buena, al punto de querer volverla a ver.

Por llegar sobre la hora apenas hubo tiempo para los saludos y no intercambiamos el más mínimo comentario. Para no sentarnos en la primera fila, optamos por separarnos de a dos en los únicos asientos juntos que quedaban libres. Mi amiga y su novio se sentaron tres filas delante nuestro.

Al comenzar el filme nos impactó el juego de presentar los créditos con aquella recorrida que sobrevolaba un montón de objetos viejos y destartalados, como amontonados en desorden en un local de antigüedades o en el garage de alguien con síndrome de Diógenes. A su hermana y a mí nos encantó esa originalidad tan lúdica que nos predisponía a percibir un universo visual tan particular.

Ustedes ya saben que aquella película presentaba una fauna de personajes que habitaban un edificio en una ciudad semidestruida y en una época que parecía ser un futuro no muy lejano o el temible presente de un París lúgubre y sombrío. Y recordarán también que toda la acción ocurre en un edificio de apartamentos poblado por seres extraños con muy raros comportamientos. Aquella atmósfera decadente dejaba entrever una convivencia frágil que, detrás de las apariencias, escondía una lucha feroz y siniestra, a la vez que personajes estrafalarios apostaban por la solidaridad ante una supervivencia amenazada. 

Todo aquello nos tenía fascinados. A tal punto que cuchicheábamos expresiones de excitación cinéfila, a la vez que comenzamos a expresar reacciones de extrañeza y cierta incomprensión. Primero, algo absortos y sumergidos en la introspección, pero luego codeándonos para preguntarnos algo, sin que ambos pudiéramos responder efectivamente a la desorientación del otro. 

Claro que, por nuestra usual celebración del cine, seguimos intercambiando interjecciones de éxtasis, cada vez más acompañadas por un gesto de estupor, una mueca de asombro y un estado general de menguado discernimiento.

Es que todo nos resultaba muy extraño y esa sensación se agigantaba con el avance de la cinta, en vez de disminuir mediante alguna comprensión de la trama. Por ejemplo: había un personaje que era una mujer suicida que seguía intentando matarse cuando ya lo había logrado a poco de comenzar el filme. 

Claro que yo aprovechaba para explicarle a la atractiva hermana de mi amiga, mediante susurros, que se trataba de unos flashbacks vanguardistas, algo caóticos pero muy bien insertos en la estructura dramática de la obra. Lo mismo respecto de la extraña situación del edificio que seguía en pie luego de haber explotado; o la rareza de personajes que pronunciaban frases que aludían a acciones ya ejecutadas que no habían ocurrido aún porque ellos recién aparecían en la película. 

Tras el final, al encontrarnos en el hall del cine, mi amiga nos preguntó qué nos parecía el filme. Con su hermana nos miramos con gesto cómplice de no saber mucho qué decir, pero en vez de guardar un prudente silencio o retrucar la pregunta, una súbita extroversión, en aras de impresionarla, me llevó a despachar elogios a la complejidad de una estructura dramática con evidentes afanes rupturistas de la estética aristotélica. Era una muletilla que usaba cuando entendía poco o nada.

Tampoco escatimé alabanzas a un surrealismo que, si bien revelaba una influencia posmoderna muy en boga en la cultura francesa inmersa en el capitalismo postindustrial y en la barbarie panóptica que Foucault tanto había presagiado, era un homenaje al dadaísmo de entreguerras. 

Mi amiga iba pasando de la sonrisa a la risa mientras yo seguía enalteciendo el trabajo de guión, el manejo de una colorimetría corrida al sepia, con un toque sombrío como el del primer Van Gogh de Los comedores de patatas, con aquella paleta baja amarronada y verdusca, mucho antes de su encandilamiento con las reverberaciones de la luz sobre los trigales de la Provenza. 

También enaltecí el trabajo actoral, la ductilidad de una técnica anclada en la capacidad gestual, casi mímica, incluso clown de aquellos rostros por momentos grotescos pero, a la vez, capaces de la mueca más sutil. Lo mismo sobre el equilibrio inestable de un vestuario elaborado con la desmesura de lo estrafalario o una escenografía plagada de reminiscencias góticas, con pasadizos, huecos, cañerías y cloacas que no eran otra cosa que la alegoría de una sociedad estratificada en castas y en la que los individuos no tienen otra posibilidad que espiar, hurgar e introducirse por ese mundo oscuro, a manera de rito de pasaje, para irrumpir en el territorio de los otros y subvertir el mundo dominante mediante la acción utópica de los desposeídos que ya nada tienen que perder. En esa época usaba frases cortas para no espantar.

Como siempre, destaqué una obra bien ensamblada en cada una de sus partes dialécticamente unidas, no exenta del amor romántico. En ese instante flexioné mis rodillas varias veces para imitar el subibaja de los dos cuerpos sentados sobre el colchón, a la vez que emitía un chillido que imitaba el ruido de los resortes de la cama en la escena en la que el resto de moradores escuchan aquel sonido seductor. Sin duda, agregué, la secuencia más erótica del filme, mientras entornaba los ojos con un aire de ensoñación que me salía muy bien.

Cuando me disponía a encuadrar la obra en la historia del cine, mi amiga largó una carcajada. Tras parar de reír nos contó, para nuestro mayor asombro y mi personal bochorno, que la película había sido mal proyectada ya que salvo el primer y último rollo, todos los demás habían sido mal intercalados, lo que quería decir que aquel orden era un desorden. Ahí empezamos a entender pero nos llevó un rato antes de lograr armar la estructura de secuencias y escenas de la obra. 

Mi primera reacción fue agarrar una piedra de la vereda y apuntar a los vidrios de la puerta de entrada del cine, pero mi cariño por la institución, y la conciencia de mi proverbial falta de puntería, impidieron que cayera en tal acción extrema.

Cuando nos encaminábamos al bar a la vuelta de la esquina, comprendimos que habíamos presenciado una obra única e irrepetible, exclusiva para la élite minoritaria que estuvo en esa función y de la que formábamos parte. Dicho esto, más allá de que en aquella Cinemateca podía pasar cualquier cosa y nadie se animaba a descartar que no volviera a suceder, incluso con la misma película. Ahí fue cuando lancé una frase trepado a un murito:  El desorden no es otra cosa que otro orden posible, dije con voz impostada a la vez que extendía el brazo hacia adelante en pose épica.

Pero la historia no terminó ahí. El novio de mi amiga leyó en el folleto que en trasnoche daban Batman y nuestra pasión cinéfila seguía viva más allá del papelón. Nos miramos y salimos corriendo para el cine y entramos otra vez cuando estaba ya por empezar. Los cuatro no habíamos visto la de Batman con Jack Nicholson interpretando al Guasón y bien podía valer como venganza del desbarajuste anterior. Sin embargo, cuando comenzaron los créditos iniciales, los títulos eran los de la vieja serie televisiva de mediados de los años 60, con el nombre de Adam West y del muchacho que hacía de Robin. 

Yo, en vez de callarme, comenté que estaba muy bueno semejante homenaje y que, sin duda, era un guiño para empatizar con las generaciones de espectadores de la serie de TV.

Como ya se imaginan, no era ningún homenaje sutil ni buscaba emoción alguna en nadie porque lo que se exhibía no era ninguna película de Batman sino tres capítulos de la vieja serie de televisión. Nos miramos en la penumbra y acordamos quedarnos pero en el primer capítulo Batman y Robin atacan un yate en el mar, desde un helicóptero, para intentar rescatar al Comisionado de Policía de Ciudad Gótica de vaya a saber qué malvados delincuentes. 

El colmo llegó cuando Batman se descuelga por una escalerilla de soga mientras Robin toma el control de la aeronave con tan poca pericia que no le acierta al yate y sumerge a su amigo en el agua. Cuando lo sube, el superhéroe disfrazado de murciélago emerge con un tiburón prendido en una pierna, al que le tira unas pataditas inofensivas hasta que el mortífero escualo de polifon suelta la feroz mordida y cae al mar para empaparse y desaparecer bajo las aguas. 

Ya era demasiado para una noche y nos echaron del cine por nuestras estruendosas carcajadas. Nos quejamos a la pasada con el funcionario que nos sacó de sala, lanzando improperios contra el proyeccionista de la película anterior y amenazando con denunciar los hechos ante Martínez Carril, incluso yendo esa misma noche a Sala Cinemateca en la calle Carnelli. 

Ya fuera del cine volvimos a reír y nos fuimos de una vez por todas al bar a repasar las escenas de Delicatessen y tratar de armar la unidad cronológica del filme, a la vez que juramos por nuestros cineastas sagrados que jamás en la vida intentaríamos ver la película tal cual es, en homenaje a esa función única que tuvimos el exclusivo privilegio de presenciar.